La casa amanece en silencio.
Los juguetes están en el suelo.
Las sillas siguen fuera de lugar.
Y el cansancio se siente en el cuerpo…
pero el corazón está lleno.
Después de una noche larga, de risas, de abrazos y de desorden bonito, llega la calma.
Una calma dulce, tranquila, que solo aparece cuando todo ha valido la pena.
Estamos cansados, sí.
Dormimos poco.
Recogemos despacio.
Pero sonreímos sin darnos cuenta.
Porque cada risa de anoche,
cada juego compartido,
cada abrazo sincero,
se quedó guardado en la memoria.
La Navidad ya pasó, pero dejó algo más importante:
la sensación de hogar,
la certeza de que estar juntos sigue siendo lo más valioso.
No hacen falta grandes planes hoy.
Solo un café caliente.
Mirar fotos.
Abrazar un poco más fuerte.
El día después de Navidad no es triste.
Es un recordatorio silencioso de que el amor estuvo aquí…
y sigue estando.
En La vida de Vasilvana, celebramos también estos días lentos, imperfectos y reales.
Porque a veces, la felicidad no grita.
Solo se queda.

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